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| "La Noche", de Max Beckmann (Alemania, 1918) |
Occidente necesita reflexionar sobre la violencia y salir de los lugares comunes y de las contradicciones constantes que vive en torno a este tema en particular.
Dentro de sus dogmas de fe continúa latiendo (moribundamente por cierto) el "pacifismo" cristiano. Lo ponemos entre comillas porque en realidad Jesús no fue un pacifista, un hippie inofensivo que no llamara a la acción. Un pacifista no se enfrenta de manera ruda ante las autoridades y menos realiza un intento de toma de un recinto público de manera tan poco pacífica (látigo en mano, dañando propiedad privada) Lo que se nos ha vendido como imagen suya es un retrato descafeinado y mitificado, al punto que hay gente que se sorprende cuando se dan cuenta que no se cuestiona al procurador o al Sanedrín por el hecho de cumplir una profecía, sino como un acto de subversión. Pero fue este Jesús emasculado el que prevaleció y se impuso, más que nada como arma psicológica, como notaron Gibbon y Nietszche.
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| "La Expulsión de los Mercaderes", de Giotto (Italia, 1305) |
Al generar esa imagen ideal de humano incapaz de violencia se terminó enterrando una porción importante (importantísima) de la psique. Antes, en la Antigüedad Clásica, no existía ningún prejuicio hacia el uso de la fuerza. Muchas veces se realizaba de forma cruel y arbitraria, pero estaba allí, desregulada y todo, en un marco de cierto código de honor que aunque quedaba muchas veces en letra muerta estaba allí que era lo importante. Con el triunfo de Pablo esa dinámica se quebró y se generó una situación malsana ante el uso de la fuerza que en Occidente continúa hasta el día de hoy: se condena públicamente hasta lo melodramático e histérico pero cuando se necesita apretar un par de cuellos con tal de conseguir sus intereses no hay inconveniente en hacerlo. Y así lo han hecho hasta el día de hoy. La caricatura del inquisidor que en sus sermones habla del amor a Dios para después irse a torturar unos cuantos feligreses con demasiado pensamiento independiente sigue tan vigente como en el siglo XVI. Y es que hay un exclusivismo en torno al discurso del amor. El prójimo es mi semejante. Pero Aristóteles decía que no todos somos semejantes: sólo lo que comparte una misma esencia es semejante. El libre es semejante con el libre, y el esclavo es semejante sólo con el esclavo. El cristiano sólo ama a otro cristiano y amar a los demás es opcional1. Por lo tanto maltratar al no creyente no tiene nada de malo, e incluso puede ser hasta meritorio.
Decíamos que una porción importante de la psique humana se enterró ante el triunfo de un Jesús al cual se le extirpó todo componente subversivo. Pero cualquier psicólogo sabe que un impulso enterrado se levanta como un zombie espantoso e incontrolable a la menor baja de guardia de Superyó. Es por eso que con el paso del tiempo la figura de Satanás creció y creció hasta el punto de convertirse de facto en un dios del Mal, con un poder mucho más intenso y presente que el de Dios, que es según nos dicen "puro amor" Lo reprimido siempre aflora de formas retorcidas, y de ahí proceden todas las formas exsperadas y atosigantes de demonios, Juicios Finales y la fascinación por la sangre que siempre ha atraído al arte visual cristiano. De ahí arranca la fascinación por el mal que ha caracterizado a muchas manifestaciones artísticas en el Oeste, desde el Romanticismo hasta hoy.
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| "El Aquelarre" de Goya (1823) |
El discurso pacifista siguió allí, a veces más subterráneo, a veces más evidente como en el caso de Francisco de Asís. Y seguía siendo pronunciado públicamente como algo sublime y como una meta encomiable a lograr, porque el discurso primario nos dice que cualquier forma de violencia es intrínsecamente mala. Se utilizó así como arma ideológica contra aquellos que se aburrieron de esperar alguna mejora en sus condiciones de vida y decidieron pasar a la acción, y después se procedió a reprimirlos de forma igualmente violenta, pero culpable (a veces fingida, a veces sincera) Lloraron, pero siguieron sacando tajada.
Esa dicotomía bipolar ha seguido presente hasta el día de hoy. La llegada de la Modernidad presentó un ideal nuevo, el ilustrado, que a pesar de ser crítico de la teología tomó muchos de sus preceptos morales (justicia, igualdad...) Y el de una sociedad de paz también... sin embargo esa paz evidentemente no es para todos. Eso se hace evidente a través de toda la historia moderna, de forma bastante patente. El caso de Toussaint Louverture es paradigmático en ese sentido. Haití, entusiasmado con la idea de Libertad, Igualdad y Fraternidad venidas de Francia, su potencia ocupante. Pero a los franceses ilustrados era más importante mantener esa gran provisión de azúcar para ellos y no para los lugareños. Al final Louverture moriría en una cárcel francesa, lejos de su tierra, por querer aplicar ideales europeos a un pueblo que no lo era. Ante esta situación lo que se busca establecer son dos axiomas: el primero es "no te puedes alzar en armas contra nosotros, pero nosotros sí que podemos utilizar las armas contra tí." El segundo es "si quieres protestar toma la palma de la paz en vez del fusil. En ninguno de los dos casos te tomaremos en cuenta pero al menos en el primer caso no te vamos a aplastar". Ambas alternativas son pura hipocresía y mojigatería que han aplicado desde siempre todas las civilizaciones para ser justos, pero Occidente las perfeccionó y en el punto actual de la historia las utiliza de manera casi monopólica. La violencia va a ser buena siempre que dependa quién la utilice. Hoy en día se ve de manera clara en el caso palestino, cuando se ve gente supuestamente progresista que no tiene tapujos en apoyar un genocidio porque ese genocidio es realizado hacia gente que no comparte sus propios valores. Valores occidentales, surgidos de la Ilustración, surgida del Cristianismo.
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| Muerte del general Toussaint Louverture en la prisión del Fort de Joux (Francia), el 7 de abril de 1803. Dibujo de François Grenier de Saint-Martin, litografía de Jean-François Villain, 1821. |
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Teniendo esto en cuenta se puede entender mejor la confrontación que Occidente ha emprendido con el Islam, no desde el 9/11, sino que desde la época de Carlomagno. El mundo islámico posee un código de utilización de la fuerza mucho más estricto del que se cree. El Corán no permite iniciar hostilidades, no hay que ensañarse con el enemigo en caso de hacer prisioneros, y si se ofrece la paz se debe aceptar independiente de los términos en que ésta se acuerde. Por estos motivos hubo una consternación general durante la época de las Cruzadas, sobre todo al principio: los frany pasaban por cuchillo a todo el mundo, fueran hombres, mujeres, niños, musulmanes, judíos e incluso otros cristianos que no profesaban el dogma católico. La toma de Jerusalén en 1099, con su famosa imagen de una ciudad inundada de sangre hasta los tobillos, es una muestra de la diferencia de actitud en torno a la violencia: el Cristianismo, supuestamente pacifista pero que de facto lo que hace es reprimir el tánatos (y el eros también) al momento de encontrar una instancia de liberación se desata de manera absolutamente descontrolada. En el caso del mundo islámico (y de muchas otras civilizaciones) hay un código que si bien muchas veces no se toma en cuenta está ahí y cuando se cumple se nota. Esta dinámica ha cambiado con el paso de los tiempos: hoy en día el Occidente laico asume que la paz es para ellos y la guerra es para los demás, mientras que al otro lado de la barda debido a la influencia moderna el viejo código al parecer casi se ha olvidado. De esta manera se está llegando al fin del monopolio de la violencia y nos acercamos vertiginosamente a un lugar en que el todos contra todos es inminente y nadie va a poder censurar. Si es que eso terminará en la aniquilación total o en el recelo mutuo e indefinido se verá con el paso del tiempo.
1Sabemos que eso entra en contradicción con la famosa sentencia de "Ama a tus enemigos...", pero convengamos que los cristianos no siguen a Jesús, siguen a Pablo y a los Padres de la Iglesia, y ellos no eran precisamente de la misma opinión.


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