Éste era un
anciano que había llegado a viejo y que vivía de forma próspera en una carpa a
orillas del mar. Poseía una expresión de paz y felicidad radiante en su rostro,
ayudaba a todos los lugareños y éstos le tenían un gran cariño. Un día que
estaba paseando por la playa me lo encontré mariscando y como yo estaba en las
mismas se me acercó y empezamos a conversar. Me contó de su vida, que había
nacido muy lejos, que había recorrido muchos países y que hace poco un médico le
había dicho de que le quedaba poco tiempo de vida. Pero lo que más me llamó la
atención fue que según él tenía el hábito de que cuando le gustaba un lugar
buscaba un terreno baldío y construía una casa. A veces podían pasar años antes
de terminarla, y cuando la terminaba simplemente tomaba sus pocas pertenencias
y se lanzaba a viajar nuevamente. Nunca vivía en ella cuando la terminaba.
Cuando le pregunté porqué hacía eso, me respondió:
- “Y para qué quiero vivir en algo que está
terminado? Es como vivir en un ataúd. Que otra gente viva en los que yo
construí. Ahora voy a morir y me voy como llegué, sin nada. No hay otra forma
de viajar.”

Comentarios
Publicar un comentario