El Encadenado

 


En el principio Dios creó al hombre. Lo hizo vivir en el Paraíso. Pero el hombre se aburría en él y empezó a curiosear por los frondosos bosques que habían en el Jardín donde habitaba. Allí encontró cierto árbol al que su Jefazo le había prohibido comer su fruto. Como el hombre estaba aburrido y curioso y vio que nadie lo estaba viendo decidió subirse como pudo, sacar un fruto y comer.

Al momento mismo de haber comido se vio a sí mismo en un lugar extraño: se parecía al Jardín, pero no era éste exactamente. Habían manantiales, bosques, arroyos, pero se percibía una diferencia. Ya no estaban a su servicio. Ya no le hacían caso, aunque su belleza y su brillantez seguían allí. Dios no estaba presente allí tampoco, al menos no de manera constante: un piedrazo en la cabeza, un rasguño, una palabra susurrada al oído... le indicaban que su Jefazo seguía allí dando vueltas.

Así y todo el hombre no se asustó ni se arrepintió por lo que hizo. Lo encontró interesante de hecho, así que se fue a andar por ahí. Sintió que había algo que no había en el otro lugar: libertad, una sensación intensa y extraña de que era capaz de hacer lo que se le venía en gana. Así pues, se instaló a vivir allí con todo el relajo del mundo, sin echar de menos su estado anterior y con el oído atento a cualquier seña que el Jefazo le pudiera hacer.

Un día se acercó alguien a su presencia. Se parecía a él en todo en lo físico, pero de sus ojos emanaba un fuego extraño, que parecía venir del otro lugar que ya había olvidado, pero con una intensidad diferente, ígnea. Se acercó y le dijo:

- "Tengo una oferta que sé que no podrás rechazar"




Acto seguido, extendió una de sus manos hacia él y cuando la abrió se mostró una llama de una luz distinta a la que él había visto y experimentado hasta ese momento. Era una luz material, que al tocarla te hería y transformaba todo lo que existe con su contacto y su calor. El hombre quedó fascinado a la vista del fuego y sin dudarlo aceptó. Al momento de aceptar el forastero desapareció y sólo quedó el fuego crepitando en una rama que había quedado en el piso.

Así entonces empezó el hombre a experimentar con el fuego: cociendo los alimentos, manipulando la madera y los metales... y de las cosas que más le gustó fue la manera en que podía reducir a la nada prácticamente cualquier cosa que tuviera en frente con él. Así se alimentó un instinto destructor que ya poseía pero que actuaba en su justa medida y que ahora era la medida en sí misma. La voz de Dios ya casi no se oía, y cuando lo hacía lo hacía desde muy muy lejos. El forastero vio todo eso desde una colina y se alejó de él lleno de satisfacción.

Sin embargo el Jefazo lo atajó, y sin explicarle nada lo amarró a un peñasco de esa colina, le abrió el estómago y cada vez que un jote se acercaba a comerle las tripas éstas se regeneran perpetuamente. Eso en castigo por echarle a perder la vida al hombre al entregarle el fuego, y con éste esas la entrada a la civilización y la barbarie.







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