En el principio el ser humano poseía una experiencia integral de todo lo que le rodeaba, no existía división alguna entre una actividad y otra. Lo íntimo y lo social, el arte y la técnica, lo sagrado y lo profano, todo formaba parte de un todo.
Por alguna razón la vida fue cambiando y a raíz de eso la gente se empezó a preocupar sobre algún aspecto de la existencia en particular: algunos se interesaron por la alimentación, otros de lo espiritual, otros de lo técnico... bueno, se entiende la idea.
Habla y canto poseen una raíz común, y eso es indudable, aunque sea a nivel fisiológico: ambas surgen de la garganta. Pero el motor del habla es el córtex cerebral. El del canto es primariamente el sistema límbico: prueba de ello es la cantidad enorme de animales que entonan melodías extraordinarias. Lenguaje hablado por otro lado sólo lo poseemos nosotros. Uno apela a la comunicación de información, el otro a un tipo de comunicación que trasciende lo semántico, porque proviene de un lugar anterior. Un refrán dice que "con la música nunca se sabe", porque al fin y al cabo no hay mensaje que se pueda codificar plenamente en ella, cosa que no ocurre con el habla, que forma parte de un algo estructurado, administrado, que seguirá evolucionando, complejizándose muchas veces hasta el absurdo. Por debajo siempre seguirá funcionando lo no semántico y por ende no administrable, a través del lenguaje cantado, que se podrá encorsetar en tal o cual teoría o técnica pero que en último término siempre tiene esa capacidad bendita de salirse del molde del raciocinio instrumental.
Esta división habla también de cómo la división del trabajo, de la especialización, ha calado a nivel interno en el ser humano. La división entre cuerpo y alma, mente y materia o cualquier otra que se quiera realizar no es tal, sino que corresponde a una necesidad de poder. Dividir para vencer, porque de otra manera se hace imposible domesticar nuestro espacio vital, físico y espiritual. Y la cultura, - cuya principal herramienta es el lenguaje -, es ante todo poder domesticar lo salvaje para poder comprenderlo mejor.
Acá cabe entender porqué la sociedad industrial busca a como de lugar poder instrumentalizar, industrializar la praxis artística, y en particular la praxis musical.
Mientras más alejado de la naturaleza más fácil de dominar es el ser humano. La condición humana se encuentra siempre in media res, como ya lo entendiera Aristóteles hace un buen par de milenios atrás. Pero en el curso de su ciclo vital se puede inclinar más a ese lado o al de la cultura. El que vive más cercano a lo natural es visto como un salvaje, en última instancia como una amenaza al orden cultural, y con toda la razón del mundo. La práctica artística en este tipo de espíritus no existe: la plástica, su tradición oral y sobre todo su canto se encuentra plenamente integrado en la vida cotidiana. Da cuenta de una visión en la que cultura y naturaleza se compenetran al punto de no saberse a veces dónde empieza una y dónde termina otra, lo que ha dado lugar por ejemplo a las infinitas discusiones sobre la naturaleza originaria de la humanidad a partir de la observación de estos pueblos "primitivos".
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Cuando la balanza se inclina hacia el otro lado nos encontramos en el reino de la tekné, de la manipulación de lo natural para convertirlo en artificio. Ello no tiene nada de malo de por sí: es la esencia del quehacer humano. Pero cuando la técnica se termina por convertir en la fuerza dominante de por sí corre el peligro de convertirse en una hubris desmedida y peligrosa, que se entromete en todos los aspectos de la vida humana y convirtiéndolos en una cosa vacía, e incluso perversa: las parafilias surgen cuando la cultura se come completamente a la naturaleza y el sexo deja de ser algo con un fin biológico, afectivo o sensual y se abre paso libremente el fetiche como fin en sí mismo.
Al entrar en ese terreno, cuando una sociedad se hiperculturaliza, cuando se pierde conexión con lo otro y se entra en una matriz cultural autosuficiente, que puede desdeñar lo natural sin más y aspirar incluso a acabar con él, nos encontramos en presencia de una sociedad en decadencia. Sin embargo, y sobre todo en el mundo actual, esa decadencia no puede ser más provechosa, ya que el fetiche deviene mercancía, por ende algo que se puede vender y enriquecer a aquellos que lo venden. El arte es en este contexto el fetiche por excelencia, ya que no se trata de algo útil según el canon materialista: hay gente por ejemplo que lee mucho, lee biografías, historia, teoría política, pero que jamás se acercaría por iniciativa propia al "Altazor", porque no "sirve". En un contexto así, el arte deja de ser un instrumento de conocimiento o de contemplación estética para pasar a ser un mero objeto de lujo. En el caso de la música ésta deviene pura artificialidad como en el caso de ciertos movimientos de vanguardia, o se reduce a un mero patrón rítmico-melódico que se repite ad infinitum ya que es rentable. Todo esto a costa de la naturalidad, de la inmediatez natural al quehacer musical. La división entre canto e idioma es en estos casos completa, al punto que expresiones que para nosotros se encuentran en un estado "intermedio" (como la recitación coránica por ejemplo) causan desconcierto, y no es para menos: dan cuenta de un estado de las cosas anterior al nuestro, donde el habla, la musicalidad, el verso y la prosa se hallan unidos al punto en que no se puede distinguir dónde empieza uno y dónde termina otro. Un estado holístico que nosotros en nuestro afán clasificatorio hemos perdido de manera casi absoluta y que al presenciarlo genera incluso hasta cierto temor.
Esto es algo que deberían tener en cuenta todos aquellos que han buscado en algún momento borrar las fronteras entre las distintas disciplinas artísticas, o entre el artista y el público. Todos los que lo han intentado en algún punto han terminado por fracasar, porque no han entendido que antes de cambiar la forma es imperativo cambiar el punto de partida, que es la propia concepción del mundo que se posee. Sólo de esa manera se puede borrar de forma efectiva la frontera (artificial) entre habla y canto, entre cultura y naturaleza a fin de cuentas, que es tan propia de nuestra cultura.
1Lo puntualizamos porque el mundo natural al que se alude acá no es el del mundo animal exactamente. Tampoco refiere al llamado Estado Natural, tan caro a Rousseau y los suyos.

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