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| " Amistad", por Pablo Picasso (1908) |
"Es cierto que hay hermanos unidos por un común parentesco divino, amigos que se asemejan a la hermandad celestial, que contemplan las Esencias Verdaderas (al Haqa'iq) con la mirada de la visión interior, que han purificado las entretelas de sus almas de toda sombra de duda..."
(de la "Risala del Pájaro", de Avicena)
El ser humano, quiéralo o no, consciente o inconscientemente, busca indicios de eternidad en todo lo que le rodea. Pero ante todo lo que busca son cualidades que complementen y potencien aquellas que posee dentro de sí, y que emanan del Único. Los libros sagrados de todas las religiones siempre mencionan cierto número de cualidades divinas, como el caso de los noventa y nueve nombres de Allah en el Islam por ejemplo. Dichas cualidades se toman como las más esenciales, las que manifiestan de mejor manera el Poder y la Belleza divinos. Y son la puerta de entrada hacia muchas más, ya que lo que es infinito por fuerza posee infinitos atributos, a pesar de ser un único Infinito.
Decíamos que el ser humano, por su naturaleza exploradora, busca fuera de sí, siempre. Pero ¿Qué es lo que busca? Puede ser paradójico, pero busca fuera de sí para poder encontrar lo que posee dentro suyo. Busca un puente, una conexión con un otro que le dé un indicio de lo divino.
Todos nosotros, en virtud de nuestro carácter individual, manifestamos algún atributo divino en tanto emanaciones suyas. Pero en tanto incompletos que somos no nos basta con eso. Necesitamos de un otro para sentirnos completos: la epidemia nihilista de hoy se debe principalmente a que se nos ha enseñado a ser autosuficientes hasta el punto de la aislación y la enajenación total. Eso ha terminado por general la mayor neurosis colectiva de la historia de la humanidad.
Necesitamos de un otro para completarnos a nosotros mismos. Buscamos ese vínculo porque somos seres sociales. Pero ocurre que esa sociabilidad va unida a una necesidad de inmanencia que sólo de esa manera se puede saciar. Y de todas las maneras de vinculación con un otro que se pueden dar, la más elevada, la única que logra ese objetivo, es la del amor que nutre la amistad.
Es la única porque todas las demás derivan de ésta, a excepción quizá del amor filial. El amor de pareja por ejemplo es una amistad profunda a la que se le suma un componente erótico. Pero ¿Qué buscamos en una amistad sincera? Es difícil contestar si no nos conocemos a nosotros mismos.
Todos poseemos ciertos atributos como ya dijimos anteriormente. También dijimos que buscamos una complementariedad. Ciertamente el punto de inicio de casi todas las amistades son las cosas que se poseen en común: aficiones, preferencias estéticas, políticas... marcas culturales a fin de cuentas. Pero dichas marcas la gran mayoría de las veces son superficiales, aunque también es cierto que si dichas marcas son genuinas hablan mucho de nuestro mundo interior. Las amistades que no pasan de este estadio siempre se ven destinadas a desaparecer tarde o temprano.
Pero pasando ese umbral se entra a otro lugar, uno más amplio y hermoso, pero más frágil también. Es el lugar del conocimiento del otro, del reconocimiento y del autoconocimiento simultáneos. Es un lugar amplio y hermoso porque somos capaces de percibir no sólo la chispa divina en el otro, sino que también somos capaces de reconocer qué atributo divino refulge en la chispa divina del otro. Y ese reconocimiento ilumina al mismo tiempo la chispa propia, ayudándola a reconocerse a sí misma y dándole fuelle en el caso de que esa llama interna sea débil, tenue. Y ese es quizá el momento capital de esta historia, porque como ya dijimos para que una amistad sea tal tiene que haber complementariedad. Si yo percibo Generosidad en ti es porque eso a mí me falta. Si tú percibes Creatividad en mí es porque eso a ti te falta. Buscamos en el otro lo que nos falta, pero no con la intención de robárselo, sino que con el deseo de que una semilla de ese árbol vuele por el viento y caiga en nuestro campo y quizá germine en nosotros.
Pero también se trata de un lugar frágil, porque es un vínculo frágil. El ser humano es desconfiado, y lo es porque también es capaz de hacer el mal a los que le rodean; y es que estamos hablando de una simbiosis que se genera a través de la empatía mutua, y en último término a través del amor. Una amistad real cuando llega a su punto cúlmine siempre termina por generar un sentimiento de amor por el otro (algo que a veces inquieta dado que nadie nos ha enseñado a interpretar y reconocer nuestros sentimientos), y que hay que saber interpretar. Hay que percibir la chispa en el otro, pero también es importante usar nuestra razón. A veces es difícil porque estamos tan deslumbrados por la luz que nos impide observar. La razón es, por decirlo de alguna manera, nuestra sintonía fina, que nos ayuda a poder comunicarnos de manera clara. También nos ayuda a separar la paja del trigo y ver también si lo que nos deslumbra no es más que un espejismo que brota de nuestra propia falta de autoconocimiento, de nuestras carencias, de nuestras miserias. A veces no es una luz, sino un mero fuego fatuo. Por algo se dice también que uno odia en los demás lo que tiene dentro y que no quiere asumir, lo cual es una suerte de reverso exacto del proceso que hemos descrito. No deja de ser sintomático que este tópico sea más popular que el que intentamos desarrollar aquí. Es algo de suma importancia, sobre todo en un mundo como este en el que no se nos enseña en lo absoluto la alquimia de la amistad.
Por eso mismo es tan doloroso cuando una amistad se acaba, por la causa que sea. Es seguramente uno de los dolores más grandes que se pueda sentir, mucho más que el que proviene de la muerte. La muerte es algo inevitable, y por mucho dolor que se llegue a sentir, su inevitabilidad lo amortigua y la ausencia física ayuda a la resignación. Cuando un vínculo de amistad se acaba el dolor suele ser intenso, porque está la consciencia de que ese otro que posee esa chispa que tanto te ha ayudado ya no va a estar presente, a pesar de que sigue ahí. Es como si hubiera un tesoro cuyo acceso estuviera vedado sólo a ti y no a los demás.
Al final sólo queda un pequeño espacio vacío en el corazón ¿Qué hacer? Al igual que cuando se muere un árbol en un jardín hay varias opciones: arrancar ese árbol y que quede ese espacio vacío. Pero otros prefieren dejar el árbol ahí: quizá las raíces siguen vivas y puede que vuelva a florecer de nuevo...

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