Modest Mussorgski/"Cuadros de una Exposición" (1874)


Mussorgski por Iliá Repin (1881)

 

"La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones."


Borges, "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz"


La historia es ya re conocida pero nunca está de más recordarla.

Modest Mussorgski, compositor ruso, tiene un amigo que es pintor. Este pintor tiene una serie de ilustraciones inéditas a su haber. Quiere armar una exposición. Sin embargo su amigo muere antes de poder inaugurarla. Modest, triste por la pena de su amigo, se entera que se decide seguir adelante con el proyecto de su amigo. Va a la exposición. Queda conmovido por la sencillez y poesía de muchos de estos bosquejos, y seguramente también sigue tocado por la muerte reciente de su amigo. Al poco tiempo se le prende la ampolleta y decide extender la posteridad de su amigo mediante un comentario sonoro. Esa es la génesis de los famosos "Cuadros de una Exposición". Y es el inicio de una increíble muestra de cómo un signo humano puede evolucionar y diversificarse sólo por amor a este signo.

Los "Cuadros..." son una obra muy singular, y es quizá lo que la hacen una obra tan querida. Pertenecen a lo que se ha venido a llamar "música programática", que vendría a ser como una descripción sonora, un comentario, de alguna situación. La que sea. Tenemos como obra inaugural del género la "Sinfonía Fantástica" de Berlioz, que es un viaje sonoro a través de otro viaje lisérgico (de opio para ser más precisos) del propio Berlioz, donde tiene visiones de un amor perdido y de cómo éste se transfigura en una figura de pesadilla. Si bien es el francés el que va a darle un contorno preciso al término, se pueden trazar ilustres precursores hacia atrás: la Sinfonía Eroica de Beethoven por ejemplo. Y hacia adelante se pueden citar como obras maestras y plenamente maduras del género los poemas sinfónicos de Strauss. Los "Cuadros..." en esa acotada línea de tiempo que hemos trazado (que perfectamente podríamos extender hacia atrás y hacia adelante) ocupan un lugar ilustre, y por varias razones.


"Ballet de Polluelos en sus Cáscaras", de Viktor Hartmann (1873)


La primera es su génesis. Mussorgski, hombre que a juzgar por su trabajo, poseía una vida interior muy atribulada (algo muy ruso, muy ruso de la segunda mitad del siglo XIX para ser más precisos) fue capaz de darle una forma determinada a la tribulación que fue la pérdida de un ser querido, lo que por otro lado no es otra cosa que la alquimia propia del artista, que es capaz de tomar la experiencia vital y transmutarla en otra cosa. Pero eso de por sí no determina su trascendencia, porque es algo que se da de forma continua en la praxis musical. Después está lo innovador que fue su lenguaje musical, al punto de que Rimski-Korsakov (autodidacta como él pero con un conocimiento mucho mayor de las reglas armónicas de la época) consideraba las particularidades de escritura y de interválica como "errores" imperativos a corregir. Y de hecho así fue: muchas de las obras de Mussorgski se publicaron de manera póstuma y por muchos años circularon con las correspondientes "correcciones" de su amigo, que si bien nunca actuó de mala fe sí que trastocó feo y por mucho tiempo la obra de nuestro compositor. Pero tampoco es por esta razón que los "Cuadros..." poseen la fama que poseen.

Son dos las razones que le han dado la fama merecida.

La primera es la sorprendente fuerza plástica del material sonoro. Se entiende cuál es el propósito de las diversas piezas: hacer un comentario sonoro de los diversos cuadros que componen la exposición. Pero Mussorgski no se queda ahí. Decide que nos va a tomar la mano para ingresar a la galería donde están expuestos dichos cuadros y verlos en un orden determinado, con la intención clara de generar un efectoen el oyente: el de una auténtica montaña rusa de emociones, ya que los cuadros pasan por un amplio espectro: desde el amor por la fantasía en en el "Gnomo" y "Baba Yaga", pasando por la melancolía romántica ("El Viejo Castillo") pinturas costumbristas en las "Tullerías", la parodia mordaz de "Samuel Goldberg...", la fascinación por la muerte en las "Catacumbas", para culminar en la magnífica y épica "Gran Puerta de Kiev". Y no sólo es eso, sino que la auténtica genialidad de Mussorgski no es es otro que el famoso leit motiv que va entrelazando las distintas piezas. El "Paseo" entre una pieza y otra, como reflejo del paseo real que se da en una exposición real, no se repite de manera meramente mecánica, sino que va modificado, con variaciones evidentes entre una pieza y otra, merced a la impresión que seguramente debió producir cada cuadro en el propio Mussorgski. Acá ya no estamos en el mero terreno de la "descripción" sonora, siempre impreciso por su misma naturaleza, sino que en la directa manifestación sonora de un estado de ánimo deterinado, de un estado de la psique si es que se puede decir así. En contra de lo que se pueda creer supone una feliz innovación en relación a lo que se pretendía fuera la praxis musical: por un lado la llamada "música absoluta", y por otro lado la novedad de la música programática. Es con esa particularidad que los "Cuadros..." se convierten en un inédito comentario sonoro de la manera en que el arte interactúa con nosotros, modificando de plena manera nuestros estados de ánimo.


Portada de la edición original de los "Cuadros de una Exposición" (1874)

  

Quizá por todas estas cualidades, sumadas a su calidad musical, es que la obra ha terminado por tener un lugar de aprecio en el canon musical. De aprecio. No es una valorización del tipo "la mejor pieza para piano de todos los tiempos", que siempre es tan fatal como banal. Es una relación de cariño entre auditores, músicos y la obra. Y eso da cuenta de que posee una cualidad más allá de lo meramente técnico o musical incluso. Es una relación más profunda que es la que generan las obras de verdad. La vida imita al arte y viceversa en un proceso simbiótico: así como una relación humana mientras más profunda es más bella y se termina por recurrir más a ella, la relación con el objeto artístico (que en el fondo es una relación humana indirecta, con un intermediario en la obra) es de igual calidad.

Estas razones son las que explican la cantidad de revisiones que han tenido los "Cuadros..." a través del tiempo. Versiones que en ningún caso son serviles con la obra original, sino que siempre añaden alguna capa de subjetividad (quizá no de significado, debido justamente a lo subjetivo de su premisa).

La primera reversión destacable es sin duda la de Ravel, al punto de que la gran mayoría del público conoce esta música a través de la mirada del gran compositor francés. La versión de Ravel opera de manera inversa a las reducciones para piano o guitarra de obras orquestales. No es una obra que sintetice, sino que al contrario, extrae un montón de sonidos que están implícitos en la obra original, quizá de un carácter más parco, en un verdadero ejercicio de desbaste sonoro, al igual que Miguel Ángel tomaba un bloque de piedra con ciertas formas sugeridas y extraía material hasta que la forma fuese plenamente visible, hasta el punto de no dejar nada a la imaginación. El resultado es deslumbrante y en verdad bello.

La otra reversión destacable es la de Emerson, Lake and Palmer. La banda se ganó una merecida reputación de espíritu fiestero e irreverencia, cosas raras en el acartonado mundo del rock progresivo básicamente por el poco respeto que le pusieron a la hora de trastocar a gente como Tchaikovsky o Ginastera. Pero de todas estas deconstrucciones la más ambiciosa es la versión (parcial ciertamente) de los "Cuadros...". Aquí ya no se trata de extraer, sino de derechamente de triturar el original para construir de cero algo distinto: eso explica el hecho de que una buena parte de las secciones intermedias sean reemplazadas por música original pero inspirada ciertamente en la fuente. Influencia que incluso seguiría siendo fuerte después: "The Endless Enigma" es una suerte de spin off del "Paseo" y de la "Gran Puerta de Kiev" en clave progresiva.




Esta historia, contada y recontada tantas veces sin aburrir aparentemente, da cuenta de un hecho subterráneo propio de cómo funciona el arte y el quehacer humano en general. Cuando una idea surge desde un lugar original siempre lleva dentro suyo un montón de posibilidades a desarrollar, ya que su primera manifestación siempre es de manera embrionaria, por muy compleja que aparente ser al contemplarla. Si dicha idea es fecunda, entonces se ramificará y dará otros brotes, muy distintos entre sí, pero que siempre tendrán las características de su origen, ya que no son más que una emanación de esa manifestación primera.





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